Antonio Rey Hazas (9 de septiembre de 1950-16 de diciembre de 2025)

El profesor Antonio Rey Hazas comenzó su carrera académica en el otoño de 1968, en las aulas provisionales de la Universidad Autónoma de Madrid, una institución —por entonces recién estrenada— a la que terminaría dedicando los siguientes cincuenta años de andadura personal y profesional. Aunque a la postre fue el género literario sobre el que publicó menos trabajos, Antonio tenía una especial sensibilidad para leer y entender la poesía. Dedicó su tesina de licenciatura a la obra de Pedro Salinas y, de hecho, se encaminaba a seguir estudiando la Generación del 27 —proyectaba, en concreto, una tesis doctoral dedicada al poeta Fernando Villalón— cuando una conversación con Fernando Lázaro Carreter lo llevó hasta La pícara Justina de López de Úbeda. Con su aguda manera de leer la literatura, Antonio supo situar certeramente las claves de una de las prosas más complejas y enigmáticas del Siglo de Oro. Lo hizo además en un tiempo en el que los estudios sobre la picaresca estaban en plena efervescencia. Por esta vía, pronto se convirtió en uno de los especialistas de la picaresca femenina, con una introducción crítica a La Lozana Andaluza (Edaf, 1977, en colaboración con F. Abad) y con las ediciones de La pícara Justina (Editora Nacional, 1978) y de las pícaras de Salas Barbadillo y Castillo Solórzano (Plaza&Janés, 1986), que fueron la referencia durante décadas; pero también del género en su vertiente masculina. Así, publicó ediciones de El Lazarillo (Castalia Didáctica, 1984, reed. Alianza, 2000), la Segunda parte de Juan de Luna (Emiliano Escolar, 1982) o El Buscón de Quevedo (SGEL, 1982). Lejos de aproximaciones teóricamente rígidas y de polémicas artificiosas, entendió la picaresca como un género sometido a continuas innovaciones, fruto de una peculiaridad que la enfrentaba a otras formas narrativas de la época: aquello que denominó su “poética comprometida”, que hacía insoslayable que la novelas sobre pícaros abordaran los temas sociales más candentes de su época. Esta es una de las ideas principales que vertebrarían su libro Deslindes de la novela picaresca (Analecta Malacitana, 2003), donde se recogen sus estudios fundamentales sobre el género.

Quizá por la influencia de su maestro, Juan Manuel Rozas, el segundo foco de interés del profesor Rey Hazas en términos cronológicos fue el del teatro español. Comenzó editando El trovador de García Gutiérrez (Plaza&Janés, 1984), pero pronto volvió su mirada hacia la comedia del Siglo de Oro, especialmente a la obra dramática de Lope de Vega, Calderón de la Barca y Cervantes. Con la edición del Teatro completo (Planeta, 1987) se acercó por primera vez a la obra del autor alcalaíno; lo hizo junto a su primer discípulo, Florencio Sevilla Arroyo, iniciando de esta forma una larga y fecunda colaboración académica. Juntos editaron también La dama duende y Casa con dos puertas mala es de guardar (Planeta, 1989), y, sobre todo, la obra completa de Cervantes, primero en el Centro de Estudios Cervantinos (1993-1995) y después en Alianza Editorial (1996-1999). Mientras que la fijación y la anotación del texto corrieron a cargo del profesor Sevilla Arroyo, el profesor Rey Hazas se ocupó de realizar todas las introducciones críticas. Esto le permitió desarrollar un estudio en profundidad de la arquitectura narrativa de cada una de las obras y mostrar algunas de las claves fundamentales de la literatura cervantina. Las ideas principales respecto al autor alcalaíno las sintetizaría más tarde en Poética de la libertad y otras claves cervantinas (Eneida, 2005). Su faceta de cervantista total es, quizá, la más conocida, pero sus aportaciones al campo no pueden explicarse sin el conocimiento profundo del Siglo de Oro.

Desde sus primeros años, participó en el seminario y la revista Edad de Oro, una de las publicaciones fundamentales sobre el estudio de la literatura áurea. En el primer número de la revista (1982) vio la luz su largo artículo “Introducción a la novela del Siglo de Oro (formas idealistas)”, que en cierta medida funciona como complemento a sus visiones sobre la picaresca y el Quijote. De entre estos géneros idealistas, al que más atención le dedicó fue a la novela morisca, sobre la que publicó varios artículos y una antología: Jarifas y Abencerrajes (Mare Nostrum, 2005). El tema morisco fue precisamente lo que le llevó a estudiar el Romancero de Pedro Padilla en uno de sus últimos empeños críticos. Este somero repaso no agota los temas que abordó en sus publicaciones, pues también se dedicó a indagar sobre El nacimiento del cervantismo (Verbum, 2006, en colaboración con J. R. Muñoz Sánchez), la novela decimonónica —con una edición de Peñas arriba, de Pereda (Cátedra, 1988) o las Artes de bien morir (Lengua de Trapo, 2003).

Con todo, sus muchas aportaciones como investigador no pueden ensombrecer sus virtudes para la docencia, un ámbito en el que su personalidad brillaba de manera singular. El profesor Rey Hazas tenía la capacidad de plantear análisis complejos de las obras literarias y de explicarlos con una claridad extraordinaria. Su prodigiosa elocuencia y su capacidad de sugerencia, unida a su trato afable, conseguían embelesar a estudiantes de toda condición, a quienes durante décadas les descubrió una manera fascinante de entender la literatura. Todas sus clases arrojaban luz sobre los textos literarios, independientemente de la época que tratara: era deslumbrante oírle hablar, por ejemplo, de La Celestina o de la poesía de Federico García Lorca. Era capaz de proporcionar una lectura profunda incluso cuando se dirigía a los estudiantes más jóvenes, por los que también se preocupó: dio innumerables charlas en institutos de educación secundaria, publicó numerosas ediciones de carácter didáctico sobre los clásicos y presidió la Asociación de Profesores de Español “Francisco de Quevedo” en la Comunidad de Madrid.

Antonio fue un hombre de una bonhomía natural, que trató siempre con afecto a sus alumnos y a sus colegas. Por ello, fue muy querido tanto por los unos como por los otros. Debido a su sencillez no tuvo nunca la pretensión de crear una escuela; la vida, sin embargo, hizo que algunos de sus discípulos acabáramos por trabajar juntos, compartiendo una forma similar de acercarnos a los textos literarios y de concebir nuestra vocación. Desde aquí lloramos su pérdida, pero celebramos también su legado.

Manuel Piqueras Flores
Eduardo Torres Corominas